“No sé por dónde empezar” es una de las frases que más repiten en su primera sesión las personas que veo a diario en la consulta.
Muchas de estas personas vienen nerviosas, dubitativas, sin saber muy bien qué esperar ni qué decir, cómo verbalizar todo lo que están viviendo y el torbellino de pensamientos, sensaciones y emociones que se arremolinan en sus mentes, pecho, corazón, sistema digestivo, cervicales, piel… Porque al contrario de lo que podemos llegar a pensar, todo lo que vivimos, tanto las situaciones adversas como las cotidianas, tienen un impacto no únicamente en la mente y el cerebro, sino en todo el cuerpo.
No son pocos los estudios que ponen cada día más de manifiesto que el cuerpo revela mediante distintos síntomas físicos el malestar emocional, intentando defenderse de una amenaza que permanece invisible, silenciada, causando un gran malestar.
Sin embargo, ahí estamos, en nuestra primera sesión, sin tener ni idea de cuál delas múltiples razones que nos han llevado a coger esa cita es la que tiene más peso, a cuál le daríamos prioridad a la hora de decir “este es el motivo por el que vengo”, así que en muchas ocasiones contamos lo que consideramos más grave: “lo dejé hace dos semanas con mi pareja”, “llevo mucho tiempo con lo que creo que es ansiedad pero desde hace dos meses ha empeorado”, “estoy saturado/a mentalmente, ya no puedo más”, “tengo muchas cosas que hacer y las pospongo, no tengo fuerzas”.
Un factor común en muchas de estas afirmaciones es la sensación que transmiten, la de que hay una gota que ha colmado el vaso, que “ya no se puede más” con la situación y por eso se ha “tenido que llegar” a pedir ayuda profesional.
A veces incluso nos podemos llegar a sentir en cierto modo culpables por no ser capaces de “hacer frente” a lo que nos pasa por nosotros/as mismos/as, como si hubiésemos fracasado en el proceso de vivir, sumado al malestar que teníamos por todo lo que “tenemos encima”, como si no fuera suficiente con ello por sí mismo. Así que hacemos algo muy humano, que es decirlo grave de la situación, casi como si tuviésemos que justificar el por qué necesitamos y pedimos ayuda para gestionar todo lo que nos está pasando.
Vivimos en una sociedad en la cual se nos exige que, pase lo que pase, sigamos adelante. La vida cotidiana continúa y “debes recomponerte y seguir adelante”, porque el jueves tienes un examen, porque hay que ir al trabajo y pagar facturas, porque hay que llevar a los niños al colegio, hacer la comida y poner la lavadora. “Tienes que seguir con tu vida”.
Y en muchas ocasiones es así, conseguimos procesar la experiencia, la asimilamos y podemos continuar, aprendiendo en el proceso y aceptando que los altibajos forman parte de nuestra experiencia vital. No obstante, hay veces en las que, por diferentes razones, no podemos hacerlo.
Lo que estamos experimentando es demasiado intenso, complicado, frustrante, confuso… El malestar es demasiado grande y podemos llegar a sentir que no tenemos herramientas para hacerle frente, pero la vida cotidiana sigue. “Hay que sobreponerse”.
Así que hacemos lo que nos han enseñado, seguir adelante, pero pagando el alto precio de desconectarnos emocionalmente de esas vivencias, encapsulándolas, guardándolas en un cajón y siguiendo así con nuestras vidas, limitando con ello nuestra capacidad de sentir.
Podemos llegar a pensar que lo hemos superado, aunque haya una voz en el fondo de nuestro ser que nos dice que necesitamos ayuda, el silencio es la norma. Así que a veces, sin ser conscientes, es el cuerpo el que habla (dolores de cabeza, de estómago, migrañas, tensión o contracturas musculares en hombros y espalda, dermatitis…) manifestando eso que hemos dejado apartado por nuestra propia supervivencia.
La mochila ya es demasiado grande y pesada, por lo que el cuerpo y la mente no paran de mandar mensajes para que nos hagamos cargo, para que rompamos ese silencio.
Y damos el paso, pedimos la cita, con miedo, con dudas, sin saber qué decir ni por dónde empezar, temiendo que nos juzguen por lo que vamos a contar. Pero no nos damos cuenta de lo que hemos conseguido, que el paso más difícil del proceso ya está dado, que es decidir hacernos cargo de nosotros mismos, romper ese silencio, reconocer que somos personas y necesitamos ayuda. Que no tenemos que “poder con todo” solos siempre. Que a veces necesitamos a alguien que nos guíe y nos ayude a salir de esa situación en un espacio seguro, donde podamos ponerle palabras a lo que estamos viviendo de un modo respetuoso y sin juicios.
Tejer una red de seguridad donde poder ir abriendo esos cajones de una manera sana y cuidada, haciéndonos cargo de su contenido, pero respetando nuestro propio ritmo y dando los pasos que necesitemos en cada momento, acompañados por un/a profesional que está ahí para caminar a nuestro lado en el proceso.
Si estás dispuesto a comenzar ese camino estaré encantada de caminar contigo. Contáctame.